¿Es posible una democracia intergeneracional? Los jubilados ocupan otra vez el centro de la atención pública, en movilizaciones donde participan personas de todas las edades, en igualdad. Frente a la extensión de la longevidad humana, ¿qué posiciones existen sobre los derechos de los viejos y las viejas a participar con dignidad en la vida pública y material?
Por Sofía C. Marzioni*
En los últimos días, los jubilados han estado en el centro de la atención pública, algo bastante inusual. Los vimos marchar y ser reprimidos. Algunos nos conectamos con su angustia por no llegar a fin de mes después de décadas de trabajo o tener que elegir entre comer algo de carne o comprar medicamentos. Nos hemos conmovido con su valentía al poner el cuerpo en la calle y, quizá, hasta compartimos la indignación por la violencia y las injusticias que enfrentan a diario.
Dada esta momentánea visibilidad, haríamos bien en hacernos la siguiente pregunta: ¿cómo convivimos las juventudes, adulteces y vejeces —lo digo así a propósito, pues la palabra "vejez" es científicamente correcta y no tiene nada de malo, más allá de las connotaciones negativas que le asignamos— en una sociedad que envejece? ¿Es esa convivencia multigeneracional, también, intergeneracional? ¿Qué posiciones tenemos – porque siempre existen, aunque no sean explícitas– sobre los derechos de los viejos y las viejas a participar con dignidad en la vida pública y material de la sociedad en la que vivimos? Hablemos de eso ahora que, por un rato hemos decidido mirar a los jubilados y reconocernos en ellos.
Coexistir y algo más
En el siglo XXI, la vida se ha extendido hasta edades antes impensadas. Es común celebrar 80, 90 e incluso 100 años. Y es probable que muchos de nosotros tengamos esa suerte. Esto significa que la sociedad es multigeneracional, pero eso no implica que sea intergeneracional. Aunque coincidimos en tiempo y espacio, lamentablemente nos relacionamos poco. El diálogo y la cooperación entre personas de distintas edades son la excepción antes que la regla.
Sin embargo, el concepto de intergeneracionalidad no tiene nada de nuevo. Los propios sistemas jubilatorios —con más de un siglo de vigencia— se basan en el principio de la solidaridad entre generaciones cuando son “de reparto", como es en el caso argentino. A pesar de ello, las vejeces —como también ocurre con las infancias bajo la lógica adultocéntrica que nos gobierna— son parte de un colectivo menospreciado, discriminado y excluido. En Argentina, el grueso de los jubilados es pobre y excepto honrosos momentos de excepción, la sociedad naturalizó categorías del tipo “los jubilados de la mínima” para continuar luego listando problemas urgentes que atender en nuestra complejísima agenda social. Descartándolos. Convirtiéndolos en pasado.
Es posible pensar que el reciente 13M trastocó, en parte, este estado de cosas ya que puso entre paréntesis esa habitual invisibilidad de las vejeces. Ciudadanos de distintas edades salimos a marchar con los jubilados en reclamo por haberes suficientes y cobertura sanitaria de calidad y, en definitiva, condiciones de vida digna para esta etapa vital. Ese encuentro merece ser celebrado y replicado, puesto que -me atrevo a decir- la vida social y política sería más justa y más rica si pudiéramos multiplicar estos espacios de participación en igualdad.
Ahora bien ¿qué significa esto? ¿cómo lo haríamos? Para avanzar hacia una democracia intergeneracional, necesitamos un compromiso con las vejeces más profundo que nos permita trascender la coyuntura. Con esta pregunta en mente, pasemos en limpio al menos dos reflexiones que nos deja el presente y pueden allanar el camino a recorrer.
“Pasivos, las pelotas”
Con las manos en alto, un hombre sostiene un cartel con esa inscripción. La foto no es de ahora, sino de alguna de las tantas movilizaciones previas. Los jubilados llevan seis meses de protesta pacífica frente al Congreso.
En Argentina, las vejeces saben de luchas ya que han sido protagonistas de momentos clave en la historia democrática. No sólo reclamando por sus haberes y condiciones de vida: han marcado el camino de la acción colectiva. Ahí están las Abuelas de Plaza de Mayo, sembrando la semilla de los derechos humanos en los albores de la democracia. Y si queremos pensar en tiempos más próximos, ahí están también las vejeces que resistieron el intento de imponer restricciones diferenciadas durante la pandemia, rechazando el paternalismo y reafirmando su ciudadanía.
Vejeces que, frente al gobierno de Milei, volvieron a alzar la voz y salir a la calle cuando el resto de la sociedad parece continuar dormida ante el ajuste y la destrucción del Estado Social. Levantaron la bandera de Norma Pla y los jubilados de los 90’, quienes dieron el puntapié inicial para la renovación de los repertorios de protesta social en un contexto crítico con semejanzas claras al actual.
Estos ejemplos dan la pauta de que las vejeces pueden no estar en el mercado laboral —aunque muchos trabajan en actividades productivas y reproductivas por necesidad o elección—, pero no por ello son personas pasivas. Es que transitar la vejez no implica necesariamente ver disminuidas las capacidades ni la agencia. Y, bajo ninguna circunstancia, supone perder el estatus de sujeto de derecho y ciudadanía, como parece desprenderse de ciertas posiciones “viejistas” que pretenden guardarlos en cuarteles de invierno.
El tiempo de los jubilados no terminó -como algunos dicen-. Es también el presente. Lo que sí deberíamos dejar atrás es la mirada prejuiciosa y anacrónica sobre esta etapa de la vida. Esta es una primera idea que podemos rescatar del triste presente: los años de vida ganados son también de participación. Y si no, preguntémonos cuán paradójico es que los otrora llamados “viejos meados” por los libertarios y sus seguidores estén en el centro de la escena política.
Generaciones con historia de lucha
Reflexionar sobre la movilización de los jubilados nos lleva a reconocer que sus biografías personales están profundamente enlazadas con la historia de nuestra democracia. El grupo de las vejeces de nuestra sociedad no es homogéneo: abarca a quienes tienen entre 60 y más de 100 años y nacieron entre las décadas de 1920 y 1960. Estas generaciones han atravesado hitos socio-políticos que marcaron sus vidas y modelaron sus formas de entender y ejercer la ciudadanía.
Muchos de ellos fueron los jóvenes que resistieron la dictadura, celebraron el retorno de la democracia y participaron activamente en la reconstrucción del país. Fueron testigos y protagonistas de la ampliación de derechos. En suma, fueron quienes, con su esfuerzo, cimentaron las bases de la sociedad en que vivimos.
Entre las mujeres, se cuentan aquellas que ejercieron por primera vez el derecho al voto. También están las feministas pioneras que impulsaron derechos trascendentales como el divorcio y la autonomía sobre los cuerpos. Sus luchas, muchas veces invisibilizadas, han sido fundamentales para las mujeres que venimos detrás.
En suma, al revisar lo vivido en los últimos días, otra idea que deberíamos anotar es que los jubilados son parte de las generaciones que construyeron mucho de lo que hoy nos define como un país democrático y relativamente igualitario. Su acumulado de memorias, saberes y experiencias puede —y de hecho lo hace, aunque no siempre lo captemos y valoremos— enriquecer la vida social y política actual.
Juntos a la par
El 13M no fue la primera vez que las juventudes, adulteces y vejeces salimos juntas a la calle. Sólo pensando en el último tiempo, cuando convocamos a defender la educación en las marchas federales por la universidad pública (año 2024), los jubilados estuvieron presentes. No hay cifras precisas, pero basta con nuestros recuerdos o con revisar las imágenes de esos días. Estaban ahí, sosteniendo carteles y libros, cantando y haciendo ruido.
Muchos jóvenes y adultos nos sentimos hoy llamados a acompañarlos en la lucha. Las últimas semanas dijimos cosas como “si la tocan a mi vieja qué quilombo se va armar” o “con los abuelos no”, lo cual da cuenta de nuestras buenas intenciones de sostenerlos y respaldarlos en la lucha. No hay dudas de que esas actitudes de cuidado -si me permiten llamarlas así- son necesarias.
No obstante, si queremos una democracia más robusta, es fundamental que reconozcamos la potencia de las vejeces, la continuidad de sus luchas y, claro está, sus necesidades materiales concretas. También vendría bien mirarnos con empatía y entender que la vejez no es un destino ajeno, sino una etapa de la vida que, con suerte, nos alcanzará a todos. La intergeneracionalidad, entonces, requiere tanto que marchemos juntos, a la par, como que discutamos los aspectos que hacen a un pacto redistributivo renovado entre trabajadores activos y pasivos (financiamiento del sistema previsional, moratorias, cobertura del PAMI). En pocas palabras, que nos reconozcamos como lo que somos: conciudadanos, parte de una comunidad política que aún quebrada por las desigualdades tiene que construir un futuro más justo. Ni más ni menos.
Si lo logramos en la calle, en nuestros vínculos cotidianos y en el debate público, quizás la democracia intergeneracional tenga alguna posibilidad.
*Dra. en Ciencia Política. Becaria post-doctoral del CONICET. Docente de las asignaturas “Política Social” y Seminario “Envejecimiento y Sociedad. Perspectivas y debates en el siglo XXI” de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Nacional del Litoral. Coordinadora del Proyecto Institucional “Personas Mayores: Derechos y políticas para un buen envejecer” de la misma casa de estudios.